Udías recuerda los años del zinc

Antiguas oficinas de la RCA en Udías

 http://www.eldiariomontanes.es/prensa/20110529/region/region-occidental/udias-recuerda-anos-zinc-20110529.html

Los restos de lo que fue la mina de Udías se posan ahora sobre el paisaje en forma de galerías abandonadas y edificios derruidos y, entre todos, reflejan la historia de una época en la que el sustento de las familias del pueblo dependía, en su mayor parte, de esa explotación. Hoy, más de medio siglo después de que echara el cierre definitivo, son pocos los antiguos trabajadores que quedan vivos. Benito Castro, uno de ellos, habla de ocho, aunque no lo asegura: «Recuerdo que se cerró en 1960 y nos enviaron a la mina de Reocín», explica rastreando en su memoria.
Benito, que tiene ahora 79 años, explica que comenzó a trabajar bajo tierra en 1955, «con 23 años». Hijo de padre de minero y natural de La Hayuela, lleva la historia de esa mina escrita en sus recuerdos. «En 1932 la cerraron», seguramente por la depresión económica, «y mi padre se quedó sin trabajo y con cuatro hijos». Muchos de los trabajadores se vieron entonces abocados a pedir por las casas. «Les llamaban los del ‘sacu’ porque iban a pedir limosna con un saco», narra Benito bajo una expresión burlona.
A su lado, asiente Eugenio Rodríguez, otro de los trabajadores, «ganábamos 300 pesetas al mes y trabajábamos de seis de la mañana a dos», recuerda Eugenio, cuyo dos hermanos también eran mineros. La explotación volvió a abrirse en 1942 para cerrar de nuevo diez años más tarde y volver a entrar en funcionamiento en el 56. «La cerraron muchas veces, hasta que al final nos destinaron a otro sitio», explica Eugenio.
Entre los dos, nombran por lo menos a otros seis trabajadores que aún viven. La vida familiar transcurría en torno a la explotación minera. Hoy en día, las ruinas y los hijos de mineros dan buena cuenta de eso. Entre ellos se encuentra Antonio Castro, hijo y nieto de mineros. «Mi padre trabajó en la mina de Udías y luego en la de Reocín», dice Antonio mientras recuerda esa vida con un halo de nostalgia. «Cuando era pequeño estaba todo en marcha, la dinamita, la escuela de la mina, el hospital», afirma.
Ahora sólo quedan restos cuyo valor histórico no está siendo potenciado turísticamente. «La gente del pueblo lo conoce, pero no suele venir nadie de fuera», explica Antonio mientras enseña a los periodistas una de las bocas de la mina, la de Sel del Haya. «Por aquí ahora viene la gente a andar en bicicleta». Hace cincuenta años era la vida de unos cuantos. Antonio enseña las casas de la mina, «donde vivió mi padre», el hospital, hoy un trozo de piedra cubierto de maleza, la escuela y el economato, donde se vendían artículos como calzado o vino.
La antigua vía del ferrocarril por donde circulaba un tren movido por locomotoras de motor en el que se transportaban los minerales, la casa de máquinas donde está el tomo de extracción o los antiguos lavaderos que Antonio pretende recuperar quitando la maleza. Son como fotogramas de una película. «Recuerdo lo que significó todo esto y lo veo ahora y siento mucha pena». Es la tristeza que causa lo que el tiempo y el abandono se llevan por delante.

 

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